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El padre y la madre de Benita

​¿Qué tal estáis, amiguitos? Os voy a contar unas cosas de mi vida.
Esta es una foto de mis padres. Se conocieron en la India, donde mi madre había ido a Mangalyaan, a participar en proyectos del espacio.
Mi padre era un tigre de Bengala de 500 kilos, con un turbante cubierto de joyas y una cimitarra hecha de luz de luna forjada para acabar con los demonios fríos de la noche.  Mi madre, una gata rusa de pelo blanco que había ido a la India a completar su estudios de ingeniería aeroespacial, (porque en aquellos tiempos solo lanzaban cohetes al espacio en la India). Siempre quiso ir al espacio.

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Mis archienemigas las ardillas

¡Por fin tenemos noticias de nuestra gata malencarada favorita, Benita! Leámosla.

Mira cómo hace correr a nuestra gata la ardilla silvestre
Mira cómo hace correr a nuestra gata la ardilla silvestrecarada favorita y , Benita! ¿Qué travesura nos contará hoy? Vamos a escucharla y a divertirnos.

“No gano para disgustos. Estos humanos que me alimentan se están tomando demasiadas libertades. ¿Os podéis creer que el otro día me cogieron en brazos? Con lo mal que huelen a jabón… Estaba yo tan tranquila comiendo unas lonchas de pavo, que me gusta mucho, y aprovecharon la ocasión para cogerme. Normalmente les dejo que me rasquen la cabeza, me gusta y parece que a ellos también, hay que tener detalles con ellos para que no piensen que no valen para nada. Pero voy a tener que dejarles las cosas claras porque no les he dado permiso para que me cojan. Yo decido cuando me subo a su regazo (que es nunca jajaja); voy a tener que tomar cartas en el asunto. Empezaré por salir corriendo cada vez que aparezcan, eso les enseñará quién manda.

Soy una gata muy ocupada y tengo muchas actividades que hacer cada día sin falta: comer, echarme varias siestas y perseguir a las ardillas, que son mis archienemigas. Lo de la siesta es muy importante, porque hablar con los humanos me agota. Son muy tontos y les tengo que repetir las cosas todo el rato. Además, cuando intentan hablar en gato, tienen un acento terrible. Pero lo intentan, que es lo importante.

Volviendo al tema de las ardillas, he intentado negociar con ellas para que dejen de venir a mi casa y no ha habido manera. Se ríen de mí todo el rato.

– Eh, ardilla, ¿qué haces aquí? Esto es propiedad privada; márchate ya. Esas pasas son para los mirlos porque necesitan comida en invierno, no te las comas.

– Uuuu, mira quién habla. ¿Quién te crees que eres para echarme? Voy a venir aquí a enterrar todas las bellotas que me dé la gana. Y me comeré todas las pasas que quiera.

Ese horrible roedor se reía de mí con los carrillos llenos. No podía aguantarlo más y en ese momento, salté hasta el poste donde estaba apostada. Por desgracia, la ardilla me vio y salió corriendo en dirección contraria, mientras me decía que soy lenta y torpe. Supongo que decía eso, es difícil de entender a alguien que habla con la boca llena. Además de insolentes, son groseras. Algún día te pillaré y veremos quién se ríe.

Bueno, me despido por hoy que se me está haciendo tarde para mi cuarta siesta del día.

Música para gatos

 

¡Hola, pequeños tormentos malolientes!
Os preguntaréis por qué os llamo con un apelativo tan cariñoso hoy (aunque ya he dicho en otras ocasiones que no estáis tan mal) y es porque acabo de descubrir que unos científicos humanos, que se dedican a la rama más noble de la ciencia: la etología o el estudio del comportamiento animal, han creado música específica para gatos.
¡Bien! ¡Así se hace! ¡Por fin hacen algo útil esa panda de vagos!
El caso es que a los gatos vuestra música humana no nos hace demasiada gracia, como muchas otras cosas que hacéis, la ignoramos. Pero estos científicos: dos psicólogos y un compositor de música, vieron la luz del poder gatuno y se dedicaron a investigar qué es lo que nos mola a los felinos musicalmente.

No tengo pulgas, estoy bailando.

Al principio, probaron sus teorías con unos monitos titís de cabeza blanca, pero pronto pasaron a los amos de la creación: los felinos.
La teoría consiste en que, como especie, estamos programados para reconocer determinados sonidos (llanto, gritos…) y que estos sonidos nos produzcan emociones. Los etólogos querían saber si era posible encontrar un sonido que produjera el mismo efecto en diferentes especies. Por ejemplo, si oyes llorar a un bebé, quieres calmarlo pero si oyes una llamada de peligro de cuervos, te da igual.
Buscaron las vibraciones que hacemos los gatos, porque no os penséis que todo es maullar. También ronroneamos y gorjeamos (cuando estamos muy muy contentos). Usaron tempos similares al ronroneo y al sonido que hacemos al mamar y compusieron la música dentro de la misma frecuencia y con muchas escalas móviles. Esto último debe ser muy importante porque lo repiten mucho. O a lo mejor es porque no saben expresarse tan bien como los gatos. ¡Je je!
De momento han hecho dejado tres muestras de canciones que puedes escuchar si pinchas aquí.
Mientras tanto… ¡a seguir bailando!
¡Y a seguir dibujando!

Aquí hay gato encerrado: la vida de Benita

 

Qué malditos. Todavía me enfado cuando lo recuerdo.

Me cogieron de la calle, donde yo estaba viviendo tan ricamente. No confiaba en los humanos, aunque había algunos que eran buenos y me dejaban comida; otros me tiraban piedras o intentaban darme con un palo.
En esos casos viene bien ser un gato y poder saltar 2 o 3 metros sin inmutarte. La parte difícil es volver al suelo, pero voy a compartir con vosotros el secreto de los gatos para caerse y quedar como una rosa: dejar las patas flojas y relajarse, así cuando caes no te haces daño. He visto unos dibujos de cómo hacemos los gatos para caer de pie pero son muy difíciles de entender (pinchad aquí para verlo) porque incluye las leyes de la física. Eso lo dejo a los intelectuales.
Os he visto a usar bicis, triciclos y patinetes o incluso patines en los pies (¡qué locura! Tenéis unas ideas que me hacen reír); si me hacéis caso, podéis evitar chichones. Que me desvío del tema, la cosa es que…
Me tendieron una trampa.
Una mañana me llegó un olor riquísimo de sardinas. «Me encanta ese olor de sardinas asadas… Me pregunto de dónde vendrá».
Husmeando, vi que estaba al fondo de una especie de cueva oscura. Esto me hizo sospechar inmediatamente, por dos motivos: había aparecido de un día para otro  y al fondo del callejón vi a dos humanos que se miraban entre sí y se reían.
Rodeé la cueva un par de veces y ese olor ya me estaba nublando la vista. Vivir en la calle tiene sus ventajas porque te vas a dormir a la hora que quieres y nadie te pone normas para para madrugar o para ir a la escuela; pero nunca sabes cuando vas a poder comer y se pasa mucho frío.
Ese día, yo tenía bastante hambre y mi curiosidad venció la desconfianza que sentía. De modo que entré en la cueva y allí estaban en un platito dos maravillosas sardinas asadas que me habrían sabido a gloria si no hubiera escuchado el más terrible sonido de mi vida, un sonido que si lo oyeráis, os helaría el corazón: el de la jaula al cerrarse.
Oí como los dos humanos que estaban al fondo del callejón corrieron hasta la jaula, me levantaron y ahí se acabó mi vida vagabunda. En el orfanatorio, del que me escapé porque querían hacerme aprender a ir a recoger una pelota que tiraban y otras tonterías, aprendí a hablar el idioma de los humanos que no son muy listos porque no hablan dos idiomas a la perfección como los de mi especie.
Les expliqué de manera clara que no estaba contenta con su comportamiento y que me soltasen de una vez. Pero no me me hicieron caso.
Pero no os preocupéis, porque he acabado considerándolos entrañables proveedores de mimos y comida. Vosotros que me léeis, también estáis en ese grupo.

La vida de la gata Benita

Gata PatatitoSe acerca el final del año,  el momento de reflexionar sobre todo lo que hemos conseguido y las metas que nos queremos marcar para el siguiente.  No sé vosotros, pero  yo necesito ponerme en un sitio alto para tener perspectiva sobre las cosas y me he subido a la cerca. No solo para pensar un poco, si no también ¡para vigilar el territorio de esas malditas ardillas! Son mis archienemigas.
Ha sido mi primer año desde que decidí ayudar con mi balsámica presencia a los humanos que viven en mi casa. No era mi casa, pero como decía Julio César, ese emperador romano tan querido: «Vine, vi, vencí», o en otras palabras, una vez que decidí que quería vivir allí, se convirtió automáticamente en mi propiedad, nadie podía quitármela.
Como soy magnánima y generosa, dejé que los humanos que vivían allí de antes se quedaran; eso sí, como mis proveedores de comida y sirvientes personales*. De vez en cuando les permito que me acaricien el lomo, parece que funciona muy bien como método de pago por sus servicios.
Empezando desde la semana que viene, os contaré mis aventuras desde mi nacimiento hasta hoy. Mientras tanto, portaos bien y estudiad idiomas.
*No me juzgues por comportarme así. Los vikingos que invadieron las costas del norte de Europa solían hacerlo muy a menudo. ¡Quedarse con la casa y con sus habitantes como esclavos!